Ver para creer

Esta historia pasó de verdad, de hecho, la escribí a pocos meses de haber sucedido, para cumplir un ejercicio de Producción Audiovisual, cátedra que cursé durante mis estudios de pregrado para obtener mi licenciatura en Diseño Gráfico en la Universidad del Zulia… Es una de esas historias que te hacen decir lo que reza el título de este post: ver para creer, que para ti mi estimado lector, en todo caso sería “leer y ver para creer”. Si eres de los que gusta leer, adelante, acá hay bastante material.

JUEVES 8 DE JULIO DE 2004. En medio de sus labores como estudiante universitaria, Elena Gutiérrez, habitante de un municipio foráneo a su casa de estudios, toma las llaves de su Corolla beige y se dirige como cualquier día corriente a sus actividades curriculares, con la plena, mas no trastornada consciencia de que su mente estaba bastante ocupada por todos los asuntos pendientes que tenía por hacer… sin embargo, Elena estaba habituada a su vida llena de tareas y ocupaciones; labores que disfrutaba, pues su motivación de vida tenía nombre y apellido: Alexander Martínez, su precioso hijo de 4 años, su fuente de inspiración, su catalizador de vida. Esa tarde soleada, Elena una vez más era partícipe de un ajetreado día en el que debía trasladarse a otra ciudad para asistir a sus clases, ultimar detalles de una presentación que ella y su banda musical llevarían a cabo al siguiente día en un reconocido club de la ciudad, donde desempeñaría otro de sus roles laborales: el de artista (cantante).

Al llegar a la universidad, Elena se encuentra con un nutrido grupo de compañeros que le notifican que no habría clases porque estaba llevándose a cabo el proceso de elecciones universitarias. Se detiene un momento a compartir con sus amigos y no se percata de un suceso extraño que le daba apertura a un evento inimaginable tanto para ella, como para todos: la llave para encender su carro, que tenía en su parte plástica una fisura que ella conocía muy bien, se le había caído; pero esta llave nunca caía sola, siempre se sostenía en la pretina de su pantalón, entre su cuerpo y su ropa, lo cual no sucedía con el llavero, que siempre estaba colgante, y por consiguiente, constantemente propenso a una caída. Es por esto que todo el tiempo, Elena debía estar pendiente de su llavero, cuyo sonido metálico era inconfundible si llegaba a caer al piso, pero esa tarde no sucedió lo de costumbre. Al percatarse de tal acontecimiento, extraño por demás, no podía entender cómo era posible que su llavero estuviese colgando de la “nada” y es entonces cuando, con ayuda de sus compañeros de clases, inició la búsqueda de la llave extraviada, viendo poco a poco que cada uno de ellos se fue resignando ante el hecho de no conseguirla. Sólo uno de sus compañeros, Carlos, –el más extrovertido y el de mejor humor negro–, se quedó con Elena en el minucioso e incesante rastreo, revisando primeramente en sus memorias recientes, y luego en cada uno de los sitios que ella recorrió, mas aún así no lograron conseguir la pesquisada llave. Es entonces cuando Carlos sugirió ir al estacionamiento para verificar la posibilidad de encontrarla en los alrededores del carro. Elena, buscando por el lado del copiloto, y convencida de que imposiblemente allí la encontraría, se encontraba ya casi resignada y un tanto preocupada ante la nueva y tediosa idea de tener que avisarle a sus padres que debían venir de otra ciudad para traerle la copia del tan buscado objeto. En ese momento escucha un grito de alegría de Carlos, quien finalmente había cesado la búsqueda: la llave estaba escondida entre las hojas caídas de los árboles, al lado de la puerta del conductor.

Elena agradece muchísimo el gesto de Carlos y decide continuar su camino. En la despedida, su compañero y amigo graciosamente le sugiere que maquille sus labios pues habían perdido su color dada la magnitud del susto propinado por la desaparición de la llave, y a que minutos antes de llegar a la universidad ella se había tomado un tiempo para almorzar. Enciende su auto e inicia el recorrido hacia un inesperado y casi fatídico accidente que le esperaba a tan solo tres cuadras de su universidad. Pendiente de su recorrido, Elena avanza normalmente hacia un aviso de “pare” en la Avenida 12. La transversal a esta avenida era la calle 69, una vía unidireccional. Reduciendo su velocidad ante el aviso del “pare”, esta chica notó que podía avanzar pues la vía estaba totalmente despejada. Continúa su recorrido y extrañamente escuchó una voz en el interior de su mente; una voz gruesa, apacible, convincente; una voz que le alertó mirar hacia la vía que a escasos segundos había visto totalmente despejada. Encontrándose en plena intersección del trayecto y avanzando a la velocidad leve luego de la desaceleración del alerta del pare, Elena hace caso a la exhortación de esa voz que le resultaba tremendamente familiar, pese a desconocer quién era o a indagar la razón de haberla escuchado. Entonces, obedeció el mandato de la voz y miró hacia su izquierda. Al echar el vistazo, notó que en dirección a ella venía cual bólido, con una velocidad altísima y un acercamiento inminente, otro vehículo, un Laser verde olivo… En ese momento lo único, lo penúltimo que escucharon sus oídos, fue un frenazo; no hubo tiempo de escuchar el crash… Le esperaba de ipso facto una experiencia inesperada.

Dos y cincuenta y ocho minutos de la tarde. El fuerte sonido emitido por los frenos de otro vehículo no impidió a Elena seguir su camino, por lo que continuó su recorrido pese a haber dejado atrás un accidente del cual, en ese momento no se percató. Avenida 11, ligeramente despejada; hay que esperar un poco para dar paso a esos carros y seguir. Avenida 10, un Maverick blanco, un Fiat 1 verde botella… Otro carro blanco, un Malibú… qué velocidad traía este último. Con sano humor salpimentado con algo de ironía Elena pensó que ese Malibú venía “casi buscando una dirección”. Avenida 9B, carros vienen y carros van, hay que aguardar todavía un poco más para llegar a la Avenida 4 y así buscar a Ángela, una amiga músico, a la cual Elena pediría un favor relacionado con su compromiso como artista para el día siguiente. Seguía el recorrido, sus ojos veían una película detallada cuyo escenario era una urbe ajetreada. En cada esquina la gente, algunos semáforos, los carros y las señales de tránsito eran obviamente lo que la panorámica de su entorno le podía ofrecer. Atravesó a la avenida 4, y a pocos metros de haberla pasado, frente al edificio de su amiga Ángela, Elena se detiene para observar si en el estacionamiento estaba el carro de su amiga. Se percata de que no está y mientras piensa dónde pudiera encontrarla, Elena observa su imagen en el espejo retrovisor de su carro para corroborar que Carlos tenía razón: necesitaba un retoque de labial para contrarrestar la blancura de su piel que hacía juego con la palidez de sus labios. Se los maquilla y decide continuar su recorrido. En la siguiente cuadra decide cruzar a la izquierda, pero cede el paso a dos mujeres que parecían familia… Quizá madre e hija, o tía y sobrina… Sigue su recorrido: más carros, más gente, más ajetreo citadino. Delibera entre cruzar nuevamente en la esquina siguiente o en la más próxima a esta para evitar un poco el tráfico vehicular. Finalmente cruza para pasar frente al gimnasio donde entrenaba un amigo común entre ella y Ángela. Quizá él podía saber su paradero. Se le ocurre detenerse frente al Action Gym para buscar el carro de Ernesto, el amigo común. Elena observa el reloj de su carro: tres y dieciocho minutos de la tarde, Ernesto tampoco estaba. Se decide retornar a su casa, debía regresar a su ciudad foránea para hacer unas llamadas y ultimar detalles de su presentación musical del siguiente día.

Curiosamente en su recorrido de regreso, la vista de Elena se llena de otro enfoque, nada relacionado con el tráfico de la ciudad. Era como estar suspendida en el aire, una atmósfera diferente, algo que Elena no entendía. No había ruido de cornetas ni de motores, nada de aquella urbe ajetreada, sólo percibía un espacio infinito, tranquilo. Sus ojos podían contemplar una nueva dimensión indefinible; una dimensión predominantemente blanca, llena de una luz casi incandescente, resplandecientemente clara. Elena buscaba una referencia visual para determinar en qué lugar se encontraba. Buscaba algún objeto, animal, cosa, o tal vez persona que le diera una idea –al menos bosquejada– del lugar donde ella estaba. Miraba a su alrededor, arriba, abajo, pero sólo había una gran nada y paradójicamente, un inmenso todo. Miró al frente, extendió sus brazos frente a sus ojos y notó que no los tenía; tampoco sus manos pese a sentir su cuerpo, razón por la cual su curiosidad se avivaba de modo más acelerado, por lo que inmediatamente buscó mirar sus pies, pero tampoco pudo verlos; ella era parte de aquella gigantesca masa de luz… ¡todo era inmaculadamente brillante! Era un ambiente indivisible que le invitaba a reflexionar lo extraño que le resultaba sentir su cuerpo, mas no verlo. En la mente de Elena sólo había una consciencia que le permitía saber quién era ella, pero sólo sabía su nombre (ni siquiera su apellido lo recordaba, al parecer no era relevante para el lugar donde ella estaba); no recordaba que tenía una familia, ni un precioso hijo de 4 añitos, ni una carrera universitaria, ni una banda musical con un contrato que cumplir al día siguiente; en fin, no podía recordar sus ocupaciones; nada le preocupaba.

En medio de su indagación, Elena fue tomando otra consciencia: ya no sólo sabía su nombre; ahora estaba al tanto de esa masa de luz blanca que se le asemejaba a una nube, una impresionante nube que la cobijaba en su núcleo, que le impedía observar contornos, figuras o formas, pues al parecer ella formaba parte de esa inmensidad que era lo único que sus ojos podían observar. Transcurría el tiempo, pero para Elena eso tampoco era significativo pues se adentraba en la idea de seguir conociendo otros terrenos de la consciencia: el clima era perfecto en ese lugar apaciblemente desconocido, y la última pero no menos importante, Elena sabía que no estaba sola pese a no ver gente, objetos, animales o cosas a su alrededor.

¿Dónde estaba Elena? ¿Tal vez era una primera puerta del cielo? ¿De dónde provenía tanta perfección de paz? Entregada a esta nueva experiencia, ya Elena no cavilaba en la curiosidad que al inicio tenía por saber dónde estaba, su nueva consciencia se enfocaba en la idea de poder quedarse allí para siempre, pues en ese momento perfecto no le hacía falta más nada. La gente con mucha espiritualidad (de la auténtica) afirma que Elena estuvo en lo que llaman el Tercer Cielo…

Entre tanto, el accidente había dejado su catástrofe en la vía de la avenida 12 con calle 69. Un Corolla beige y un Laser verde olivo eran los protagonistas del acontecimiento. El Corolla recibió doble impacto siendo golpeado por un objeto en movimiento y uno inmóvil. El Laser, que venía a alta velocidad, arrastró unos metros al Corolla tras el impacto; trasladándolo directo a uno de los postes retenedores que flanqueaban la pared de una casa. Entre los estragos del aparatoso suceso se podía observar que todos los vidrios del Corolla estaban hecho añicos, salvo curiosamente, el de la ventana del conductor, por donde había sido impactado. La chica conductora del Corolla estaba adentro, inconsciente, sin saber que necesitaba ser sacada del reducido y contusionado habitáculo.

Ella, casi instalada en su nueva y colmada dimensión de paz, a lo lejos escucha voces alarmadas que describían cual serie de emergencia televisiva que una paciente estaba ingresando al hospital y que requería ser atendida de emergencia. Desconocía de quién se trataba, sobretodo porque las voces eran percibidas por sus oídos a gran distancia; sin embargo pidió a Dios por la salud y el bienestar de una desconocida, de alguien que sencillamente parecía correr peligro de vida.

Dos y cincuenta y ocho minutos de la tarde. Llegaba gente al lugar, curiosos que nunca faltan ante un aparatoso suceso como el que recién había acontecido. El Laser apenas tenía una abolladura en la carrocería que rodeaba al faro izquierdo, observándose desde afuera del vehículo. La gente seguía aglomerándose, hasta que alguien pidió espacio para sacar a la chica que estaba inconsciente en el otro carro. Una mujer llamada Raquel llegó al lugar y tomó el teléfono móvil de la accidentada más afectada para revisar la agenda telefónica y avisar del accidente a familiares y conocidos. Los amigos notificados: Ángela, Agustín, Jasmiry, entre otros. Ángela, acompañada por Maoly, y por otro lado Agustín, tras la llamada de Raquel, llegaron de inmediato, pues curiosamente todos estaban cerca del siniestro. De seguido llegó la ambulancia, en la que se fueron Ángela y Agustín para acompañar a Elena… Maoly se quedó cuidando el Corolla para impedir acciones que los amigos de lo ajeno siempre están dispuestos a llevar a cabo en acontecimientos como este. Entre los familiares, su hermana mayor Elaine, quien se apersonó de inmediato en el lugar acompañada de su esposo ya que esa tarde de principios de julio llegaron a la ciudad capital del estado para hacer diligencias, no pudo ver a su hermana, y pensó que, a juzgar por la apariencia del carro, había sucedido lo peor. Entre tanto, en la ambulancia Elena recobra el conocimiento y absorta nota que algo grave está pasando, sin embargo no tenía miedo… sabía muy bien que no estaba sola; además sus amigos le confirmaron estar con ella en la ambulancia para que no se preocupara y se sintiera acompañada. Elena recobra la consciencia terrenal, y con ella, los dolores propios de las múltiples contusiones recibidas tras el accidente.

Todos los familiares y amigos acudieron al Hospital donde era ingresada. Llegaban de a poco, y aglomerados en la sala de espera, pedían por su pronta recuperación. Mientras tanto Elena era examinada minuciosamente: los médicos necesitaban descartar sangramientos internos, daños óseos en la columna o cualquier otra afección que no se detectara en ese momento. Entre exámenes seriados, radiografías, camillas, enfermeras y doctores se encontraba Elena. En medio de todo, un colaborador de la familia que facilitaba a los médicos los traslados de la chica dentro del hospital y los cambios de ella en las camillas para llevar a cabo las radiografías: era Pablo, su cuñado, quien estaba muy preocupado por varios aspectos: se temía que Elena perdiera la movilidad de sus piernas –no controló esfínter urinario– y/o tuviera severos daños cervicales –el efecto latigazo fue demasiado fuerte, y lo pudieron determinar porque la blusa de Elena tenía marcado su lápiz labial a nivel del pecho– (sí, el laápiz labial, ese que no se puso al momento de salir de la universidad cuando su amigo Carlos bromeaba sobre su palidez por el susto de la llave). Pablo no podía creer que la espalda de Elena tuviera un color similar a una berenjena. Golpes en la cadera; en la espalda, a nivel del omóplato derecho tenía unas cortaduras mínimas en forma de triángulo. Sin embargo eran los daños más notables. Llegaron al hospital los padres de Elena. Anochecía, y seguían la espera y los exámenes. 

Once y cincuenta y cinco minutos de la noche. Luego de estar convencidos, los doctores la dieron de alta. En silla de ruedas es llevada al Taurus blanco de su padre, no podía caminar. Llegaron a su casa como a la una de la madrugada y Elena pidió ser bañada pues sentía arena hasta debajo de su documento de identidad. Nunca perdió el sentido del humor. Su mamá decide bañarla y ocurre otra rareza: con sumo cuidado debido a la advertencia que le hiciera Pablo sobre el estado de su espalda, la señora Silvia se quedó como congelada ante lo que sus ojos contemplaban. Diez horas después del accidente que había dejado su espalda morada como una berenjena, una franela cuyo reverso a nivel del omóplato derecho tenía tres agujeros, cada uno con vestigios de sangre; no podía creer que la espalda de su hija no sólo carecía de las marcas en el omóplato, sino que estaba blanca, tal como el color de su piel, como si el accidente nunca hubiese pasado.

Elena sólo podía dar gracias a Dios por estar viva, pese a haberse quedado sin carro, pese a no poder valerse por si misma ni siquiera para levantarse e ir al baño, o simplemente para encender la luz de su habitación. Las cosas más simples de la vida se empiezan a valorar cuando tienes una experiencia que te lleva al borde de la muerte. Visitas y llamadas de alegría recibió Elena en los siguientes veinte días en los que ni siquiera podía comer sola… una de las llamadas era Maoly, quien se quedó cuidando de los restos del carro de Elena tras el accidente. Maoly comentó a Elena un hecho curioso del día del suceso: cuando la subían a la ambulancia, Elena sonreía tranquila. Maoly preguntó la razón de esa sonrisa y Elena tuvo otra inexplicable sensación pues las palabras de respuesta que dio a Maoly, salieron de su boca, pero no fueron procesadas por su mente… era como si en ese momento se convirtiera en una especie de piloto automático parlante y alguien hubiese puesto la respuesta en su boca…

“cómo no me iba a sonreír si Dios me dijo que no me preocupara porque todo iba a salir bien…”

Elena jamás olvidó ese mensaje… Jamás olvidó que fue una especie de canal que emitió unas palabras en absoluto procesadas por su mente.

Demasiadas señales apuntaban a este hecho como algo sobrenatural. Elena no llevaba el cinturón de seguridad, los peritos en el levantamiento del accidente de tránsito afirmaron que en este raro caso, de haberlo llevado, el cinturón habría sido el que acabara con su vida por cómo quedaron los asientos tras el impacto; al salir de la universidad ella llevaba los labios pálidos y tres cuadras después sucedió el impacto, ¿cómo se explica que la encontraran con una blusa marcada con una huella de labial tal como si se quitara el exceso luego de ser pintados los labios? Los vidrios del carro estallaron todos, menos el de su ventana; múltiples contusiones sin cortaduras en su cuerpo; los grandes hematomas en su cadera izquierda se le desaparecieron en muy corto tiempo; su estado de inconsciencia fue de cuarenta y cinco minutos aproximadamente, ¿sería este el tiempo en el que estuvo sonriendo ante una paz inexplicablemente inminente? ¿Fue este lapso en el que tal vez experimentó una breve estadía en la antesala ante una primera puerta del cielo? El médico que le hizo el chequeo de rigor luego de haber recuperado su movilidad, al evaluar las condiciones del efecto latigazo, explicó al padre de Elena que los resultados ante una eventualidad como la que ella vivió sólo arrojaban dos opciones: la mejor que podía pasarle era quedar en silla de ruedas por el resto de sus días; la otra, era indudablemente la muerte. El mismo médico señaló que la vida de esta chica después del accidente era simplemente un milagro.

¿Vida después de la muerte? Sólo una respuesta obtuvo Elena, una convincente respuesta expresada a su madre pocos días después del accidente…

“mamá, algo nos espera después de esta vida temporal y terrenal, una vida en la que nada faltará… si lo que nos espera después de la muerte es la vida eterna y si ésta, es parecida a lo que vieron mis ojos, entonces lo que nos aguarda es demasiado hermoso”…

Si de causalidad te preguntas quién es Elena, pues ese nombre fue el primero que se me ocurrió darle a la protagonista de esta historia, como parte de la asignación donde yo debía redactar en tercera persona alguna experiencia que en lo personal me haya marcado o haya sido muy significativa para mí; gracias a DIOS la escribí cuando los recuerdos estaban muy frescos, porque para certificarte que esta increíble historia es parte de la vida real debo decirte que Elena, soy yo

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Carta NO olvidada

Hace un par de semanas visité a una amiga que tenía muchos años sin ver y entre tanta actualización de vida salió a colación el tema de mayor conversación en esta era de tanto Socialismo del Siglo 21 y sus “inesperados” giros en Venezuela… Ella trabajó en el comando de Campaña de Henrique Capriles Radonski y mientras yo le leía las líneas de una carta abierta que le redacté a este admirado caballero el pasado mes de marzo, vi en ella un encuentro de sentimientos contrastantes. Pero mejor la dejo a ustedes para que cada cual tenga su perspectiva luego de leerla… Y dice así:

Estimado Henrique:

Mediante esta misiva me permito saludarte y tratarte de tú… Sin el epíteto del “flaco” ni el formalismo de tu apellido, sino como quien le habla a un conocido cercano. Creo ser la voz de muchos con lo que habré de escribir, que, ojalá Dios permita puedas leer en algún momento como espero hayas leído aquellos 2 libros de Myles Monroe (autor de infinidad de libros de Liderazgo y asesor de importantes políticos a nivel mundial) que te regalé en tu campaña, en las concentraciones llevadas a cabo en Maracaibo. Admiro el trabajo que hiciste pues en su momento despertaste una chispa de esperanza que se había quedado dormida no por casualidad, sino por la causalidad escandalosa de un sistema político cuyos tentáculos han perseguido a esta nación desde hace muchas décadas y que a través del finado pudo acercarse más que nunca a nuestro país, dividiéndolo, fragmentándolo y causando los estragos que ya conocemos como el “legado del gigante” ególatra.

Cuando la campaña “Hay Un Camino” estaba en su boom, desde el balcón de la emisora radiofónica en la cual trabajaba vi pasar un “autobús del progreso” que, sin pena ni gloria dejaba sonar uno de los jingles propios de la campaña e iba rodeado de gente con pitos y pancartas fuera y dentro de sí. Allí mismo supe que no te nombrarían presidente, no por ser adivina, tampoco porque sea parte del cogollo que sabemos es el CNE, sino porque en la gente vi lo mismo que veía en el furor desatado cuando el caudillo se lanzaba: el propio encandilamiento de quien queda flechado por alguien: ilusión, enamoramiento y apasionamiento que produce endorfinas; ese status que tiende a idealizar, que puede obcecar hasta al ser de más equidad en su haber. Siempre te apoyé Henrique, sin embargo, desde siempre entendí que la lucha en nuestra Venezuela tiene dos caudales profundísimos: el cultural y el espiritual. Cultural porque la gente no ha comprendido que no se trata de ser chavista, ni madurista, ni caprilista, ni siquiera leopoldista con todo lo que sus ímpetus han logrado a la fecha; aquí el asunto es cómo hacerle entender a un pueblo que la lucha empieza por cada cual, por ese que miramos al espejo cada mañana, ese que debe dejar de sentirse parte de un PUEBLO para ser miembro de una CIUDADANÍA; pero ojo, dejar de ser pueblo para llegar a ser sociedad implica un gran esfuerzo que muchos no están dispuestos a pagar, esto es realizar muchas instrospecciones y rectificaciones individuales a fin de lograr convicciones comunes que a futuro se constituyan y erijan en pro de la sociedad. Lastimosamente, somos un PUEBLO acostumbrado a que hagan las cosas por uno, un pueblo acostumbrado a celebrar la viveza criolla, un pueblo acostumbrado desde la niñez, a estudiar para luego ser empleados, NO a prepararnos para ser empleadores y generadores de progreso, un pueblo negado a entender que en cada uno de nosotros palpita un líder y existe un gran potencial de avance… El problema aquí es, tanto de forma como de fondo (ahincándose en el fondo, mucho más que en la forma); y esto, lastimosamente no se arregla de la noche a la mañana ni con la salida (tan anhelada por mí y por muchos) del títere de Maduro, lacayo del Castro-comunismo y juguetico del diablo de Diosdado; no hay, no existe fuerza humana capaz de arreglar este desastre por sus propios medios o fuerzas, y acá viene el segundo ámbito de la lucha: lo espiritual. El caudal del tema espiritual es mucho más profundo, y de tan extenso que es, prefiero resumirlo en el incumplimiento de los dos grandes mandamientos divinos que, de cumplirlos, el vuelco que daría no sólo Venezuela, sino la humanidad, sería casi “edénico”. La realidad es que el común en Venezuela NO ama a DIOS por sobre todas las cosas ni a su prójimo como a sí mismo, y es por eso que hoy vemos lo que vemos. La batalla campal que se ha desarrollado desde el 12F no es más que la materialización de la guerra espiritual que desde hace 15 años se ha desatado en esta tierra y cuyo remedio está en cumplir cabalmente esos dos grandes mandamientos. El día en el que la idolatría desaparezca de Venezuela y la gente entienda que sólo acudiendo a DIOS podremos salir adelante, las cosas cambiarán, porque cualquier cosa, persona, imagen o ideología que el venezolano ponga por encima de DIOS será considerada por Él como un “dios” falso, como un ídolo banal, y DIOS es celoso de su novia (la iglesia, que vale destacar, no es el recinto o la infraestructura como tal, sino este pueblo al cual ama demasiado -tanto que dio a su hijo unigénito a morir por esta tierra y por toda la humanidad-, aunque muchas veces por conveniencia o tal vez ceguera, prefiramos culparlo por las consecuencias de nuestros propios errores, olvidando por desconocimiento u omisión que, el asunto no es orar hasta que Dios nos escuche, sino orar hasta que nosotros podamos escucharlo a Él).

Quiero volver a ti Henrique, al punto admirable de tu pasado desempeño que por muchos ha sido juzgado pues, lamentablemente ofreciste hasta tu vida para demostrar que habías sido robado en tu cargo como Presidente de esta maltratada República. Un día se te veía decidido, al otro, no tanto; la gente estaba dispuesta a salir a las calles a reclamar tus votos porque nos sentíamos y nos sabíamos estafados; corrió fuertemente un rumor que desde Miami, un grupo importante de venezolanos apoyaba un movimiento incipiente que estaba resteado por batallar lo que nos pertenecía, es decir, tu presidencia; y ¿qué hizo la MUD? Ordenó NO salir, quedarse en sus casas para evitar derramamiento de sangre y “proteger” a la nación… pero ¿protegerla de qué o a costa de qué? ¿De una hecatombe socio-política? ¡No sucedió tal protección, y a las pruebas nos remitimos! ¿Protegerla de una crisis económica con el crudo valorado como nunca antes en nuestro país? ¡Tampoco sucedió pues es obvio que la impunidad es como ERA el pan caliente a las 6AM en las panaderías, antes de la abrumadora escasez! Mi estimado, postergar un problema no lo desaparece, por el contrario, lo agudiza. Eres un hombre culto, preparado e inteligente, y a evaluar por lo que he visto en ti, también te percibo como sabio (marcando distancias entre inteligencia y sabiduría, que en definitiva, no son lo mismo). Digo esto para explicar mi siguiente punto en el cual voy a ponerte un ejemplo de mercadeo: un producto sale al mercado y está en su apogeo, llega a su clímax y luego merma o disminuye su éxito (dependiendo de muchos factores -competencia, efectividad, economía, etc., factores que, en este momento no vienen al caso-). En una alocución que hiciste (no recuerdo si fue en una rueda de prensa o entrevista) hablabas de lo mucho que al gobierno le gustaba el imperio, que ibas a viajar para allá y les traerías cosas de las que mucho critican y tanto les gustan, pero “eso sí” -advertías- “autoricen la entrada de todos esos regalitos que les voy a traer en la aduana…” palabras que fueron acompañadas por todo lo demás que dijiste pero que, hasta allí pude oír. Lamenté mucho escucharte en ese momento, porque estabas cayendo en lo mismo del finado, porque ya tu discurso no estaba aportando soluciones al país sino mostrando una crítica burlesca (aunque no te faltara razón, pero te faltaba objetividad y asrtividad pues, esa clase de razonamientos se hace compartiendo con tus más cercanos, con gente de tu entera confianza; sobretodo porque en ese momento, ante el país, no se constituían en soluciones a la problemática pues, recalcar esa realidad más que obvia no estaba aportando nada nuevo), y me entristeció ver como mermabas. En tus redes sociales te leía mucho; ahora, eventualmente te leo y observo cierta dualidad en lo que escribes pues un día llamas a no marchar y al siguiente llamas a marchar pero no por lo mismo que llamó Leopoldo (¿..?) a quien por cierto considero deberías dar mucho más apoyo en estos momentos, aunque haya discrepancia en tu opinión hacia sus acciones que, sin ser muy erudito en materia política, de no haberse planteado y ejecutado, el escenario del atornillamiento gubernamental de los Castro a través de la pantalla de Maduro y el totalitarismo diabólico de Diosdado, seguiría igual y hasta mucho peor de lo que ya está. Y hago una importantísima salvedad al respecto: es muy lamentable todos los hechos acaecidos, es demasiado triste lo que está pasando en el país, pero es innegable que todo este devenir develó la cara de dictadura en la que vivimos; bien dice mi papá “hija de todo lo malo siempre hay que buscar un lado bueno”. Ahora bien Henrique, con todo respeto y comprendiendo tu sapiencia en el tema, me permito preguntarte ¿en cual parte de la historia política una dictadura salió por las vías democráticas y pacíficas? Yo de política no sé, por eso me atrevo a preguntarlo…

Volviendo al tema de las redes sociales, en lo que escribes o escriben tus Community Managers –previa autorización tuya y de tu equipo de redactores y estrategas en Marketing Digital–, debo decir, hay mensajes muy “guabinosos” que han despertado cierto hastío de la gente al leerte, tanto así que he visto muchos comentarios (en Twitter sobretodo) que claramente expresan su preferencia por no leerte más (he de confesarme, a veces incluyéndome), y eso me lamenta mucho pues trabajo con redes sociales y conozco el impacto que a través de éstas se puede tener en la transmisión de una idea. Vuelvo al ejemplo de mercadeo que desde mi óptica aplica para tu posición política; desde mi humilde y hasta probablemente errada perspectiva, me pesa que por todo eso ya no te pueda ver como presidente pues, pienso que ser asertivo es saber ajustarse a los tiempos. Admiro, valoro, reconozco y respeto tu trabajo; sin embargo, ya te leo y siento reiteración del mensaje con ausencia de propuestas y soluciones; la MUD te enMUDeció, es como si en cierto modo te hubieran apagado la chispa (visión internacional por cierto, no meramente mía), y con este hecho también corrió cual pólvora los rumores de una MUD muda, de intereses solapados, una MUD que fue vista con ojos de asombro al ordenar a la gente replegarse, cuya razón certera se ignora pero de la cual, se especula muchísimo. Hoy día soy de las que afirma que tu liderazgo no se puede negar, y quien lo haga, cae en radicalismos absurdos, de los que ya estamos hastiados, porque si con algo debemos ser radicales es con ser íntegros. Un líder motiva e inspira, tú lo hiciste Henrique, decir otra cosa es pretender tapar el sol con un dedo… Sin embargo, me gustaría preguntarte si sabes qué es el kairos… Creo que sí debes saberlo pues lo nombras mucho. Es kairos el tiempo de DIOS para cada cosa; Él nos da las oportunidades y las herramientas, nosotros, con su guía, debemos discernir cuándo son los tiempos ajustados para aprovecharlas. Ojalá puedas develar ante el país qué fue lo que te hicieron para que lo que llamas madurez política te haya mermado tanto; ojalá puedas hacerlo para que a posteriori puedas formar parte del gabinete ministerial que se levante en una nueva Venezuela, pues como dije, es innegable tu labor por esta, nuestra tierra, nuestra patria (aunque le hayan desgastado tanto ese nombre por meros fines acomodaticios)…

Sea lo que sea que depare el futuro, sigue pidiendo a DIOS sabiduría y mantener vivo en ti el corazón del rey David; pídele que siga guiando tus pasos porque hace muchísima falta dirigentes políticos con conciencia espiritual de esa índole, para que la nueva generación de políticos que se levante no solo proclame, sino que viva en carne propia esa extinta pieza de museo que conocemos como INTEGRIDAD, a fin de que ya no sea ni extinta ni de museo, sino una cualidad firme, fácilmente perceptible y real en la gente, independientemente de sus estratos sociales. No desmayes Henrique, que los sueños no prescriben y si lo hacen es porque murió el soñador; pero eso sí, no desmayes en soñar con una Venezuela libre; sin obviar que para refrescarte políticamente debes reestructurar tus discursos, evaluarte desde tu yo más interno, ese que sólo puede hablarle a DIOS en su sitio más íntimo, porque la nueva Venezuela necesita innovación en propuestas e inmediatez en respuestas; y sobretodo, necesita imperiosamente mucha, muchísima coherencia entre dichos y hechos… Nuestros hijos necesitan más ejemplos de INTEGRIDAD y pasión por hacer lo bueno, lo agradable y lo perfecto a los ojos de DIOS; ejemplos que los inspiren, para así imitarlos, seguirlos y contagiarlos al resto. Nuestros hijos, los hijos de Venezuela, necesitan comprender que temer al Padre Celestial no es tenerle miedo, es respetar y vivir en carne propia sus principios, es saber que si algo está mal, no debemos hacerlo pues, si el de al lado no nos ve y pretendemos hacer creer que nadie nos vio, los ojos del Creador si nos observan con detalle, aunque estemos escondidos, pues Él todo lo sabe y de Él nadie se burla. Debemos crear conciencia con el ejemplo, comprender que nuestros actos pueden determinar dos cosas: consecuencias o recompensas. Hace falta, muchísima falta, ser practicantes cabales de la INTEGRIDAD para que a su vez y con el ejemplo, las generaciones futuras se contagien de esta gran verdad, la única que se puede constituir como el punto de partida de esta nueva patria, porque tanto caos y tanta calamidad reinante tiene que acabar; no puede, no debe quedar en vano la lucha de esos jóvenes caídos, o dicho sin eufemismos, los jóvenes asesinados por este régimen aborrecible que hoy oprime a Venezuela!

En definitiva, ¡no puede quedar en vano la lucha de Bolívar quien nos dio la independencia; muchísimo menos puede ser obviada la verdad absoluta en la que DIOS, a través de su hijo Jesucristo nos dio la libertad!

Henrique, en nombre del amor que sientes por esta nación, humildemente te invito a reflexionar con esta carta… Y a nuestra tierra le digo, RESISTE VENEZUELA… RESISTE…!

Firma: 

Madre y mujer venezolana, luchadora, 

Anhelante de una mejor Venezuela; 

Con ideales claramente definidos 

Y una convicción inquebrantable: 

sólo DIOS es el único camino

los principios NO son negociables!

 

No necesito agregar más nada, salvo que el tema político hace surgir nuestro lado pasional y controversial, cada cual defendiendo sus puntos de vista y sin poder hacer más nada que esto pues las armas y el poder están del lado incorrecto, y porque, queramos o no, los políticos de hoy más que políticos son politiqueros que alevosamente atropellan los recursos y derechos de este pobre país rico.

Anhelo despedirme

Para nadie es un secreto que Venezuela se ha convertido en el más grande exportador de venezolanos: estamos regados, andamos muy dispersos por la geografía mundial. Países como USA, Panamá, Canadá, Australia, Londres, Ámsterdam, Chile, Argentina, Costa Rica y muchísimos más, tienen algún portador del tricolor siete-estrellado, hoy con 8 estrellas gracias al afán que un caudillo ególatra tuvo por hacer historia. Todos estos cientos o miles de hermanos venezolanos auto-exiliados se fueron con la conciencia plena que a donde iban no pueden –o no deben– andar con juegos ni perdedera de tiempo (por lo menos los que son hombres y mujeres de buena voluntad), y un corazón que dejaron arraigado de este lado del planeta porque tuvieron que dejar atrás vínculos afectivos para aventurarse a la apertura de oportunidades que acá nos quitaron, opciones que a quemarropa nos matan, segundo a segundo. El éxodo del venezolano es ya casi un asunto tan común como la abrumadora escasez de este pobre país rico; emigrar se nos ha vuelto tan frecuente y tan urgente como huir súbitamente de las garras de un delincuente.

Las despedidas son el pan nuestro de cada día… Solemos escuchar en cualquier reunión, cola bancaria o filas de las que tanto se forman en cualquier parte del país “se fue fulano, se va sutano; mengano anda buscando boletos aéreos como loco, perencejo ya tiene 5 años fuera, ¿no sabías?…”; esas frases son tan reiterativas que ya parecen reproductor con auto-play indefinido, y cuando las oímos consistentemente muchos nos preguntamos ¿cuando es que me podré ir yo de esta caimanera de patria?, y no porque el país no sirva; es que los que deberían servir, no sirven y se sirven ambiciosa y despiadadamente de esta patria sin mostrar un ápice de culpabilidad por dejarla hecha harapos.

Anhelo despedirme no sólo comunica lo obvio: aquello en lo que hemos convertido el grueso de nuestras conversaciones, esto a lo que nos enfrentamos en el cotidiano por tantos que se nos han mudado de nación y por aquellos que aún estamos aquí, no precisamente por valientes sino por resilientes y, seamos honestos, porque la resiliencia activada que nos brilla radica en esta verdad: la gran mayoría estamos sin recursos para poder largarnos de aquí.

Anhelo despedirme, más de dos simples palabras que esbozan la realidad de muchos profesionales preparados, con ansias de echar pa’lante y talento pa’tirar pal’techo, porque en Venezuela estamos full de gente con este perfil. Yo por mi parte deseo (y no voy a cantar el popular cumpleaños feliz aunque así lo parezca), despedir unas cuantas cosas de mi vida y del último respiro de este país… Anhelo despedirme de todo aquello que como ciudadana de una nación usada y convenientemente olvidada por los países que le han extraído la sangre en el mejor estilo de las sanguijuelas más potentes, hoy día se ha vuelto colonia del tercermundismo cubano. Y ojo, no tengo nada en contra de Cuba o de sus habitantes a los que, por más de medio siglo en su mayoría han recibido un maquiavélico lavado de cerebro; lo que detesto es el servilismo que ante ella le impuso el intergaláctico a Venezuela, ese si que es parte de su fatuo legado.

Y volviendo al tema de la isla en cuestión, un país comunista con una de las miserias gubernamentales más deplorables en la historia mundial, un fragmento de tierra caribeña que mediante un par de blasfemos hermanos gobernantes repulsivos, acabaron cual plaga con todos los recursos de ese país y de todo el que se le antojó, como un magnate despiadado y sin principios que aún teniendo esposa, sale a un burdel para despilfarrar lo que debería invertir en su hogar y salir a servirse de…. bueno, lo obvio… Y como al régimen castro-comunista la geografía, economía, política y todos los etcéteras de Cuba no les bastaron; cual vampiros insaciables en su enfermiza sed de poder, van por más y más y más, repitiendo el repudiable esquema en un país no se cuántas veces más grande que el de la rúbrica castro-comunista; es decir, este país grande donde nací, mi bella, maltratada, repudiada, confinada al destierro por las horrendas alianzas con países terroristas y comunistas; esta, nuestra patria insegura, una vejada Venezuela, nación ubicada al norte del sur.

Entonces, como decimos aquí, no sólo me provoca coger palco (pal-co, palabra que une “para” y “coño” –con el perdón de lo criollísimo del término–) o sea, irme del país a uno donde si pueda crecer personal y profesionalmente para bien ayudar a los míos, sino que anhelo despedirme de tanta avaricia reinante, de la aberrante impunidad, de la egolatría agobiante, del detrimento avasallante, de esta pata de elefante que me inmoviliza y no encuentro cómo quitar de mi cabeza por más que obedezca las leyes divinas… ¡Y es que sé que DIOS no me hizo conformista! Anhelo despedirme de tanto celo obsesivo que tienen aquellos que por mera terquedad inagotable prefieren obviar su rol verdadero, porque como gobernantes deberían ser servidores públicos a los miembros de la sociedad que presiden y no pretender ser los “héroes” dando migajas luego de quedarse las más grandes tajadas y encima de todo, como guinda de un pastel llamado cinismo, exigirle al pueblo gratitud por esas migajas que dan con gran mezquindad.

Quisiera cerrar mis ojos y estar segura que al abrirlos cuento con un país seguro, uno donde mis padres puedan pasar el resto de sus existencias en un sistema que les asegure la vida, que les provea de recursos para estar tranquilos; un país donde mi hijo pueda crecer y desarrollarse libremente, uno donde salgamos a la calle sin la paranoia que a diario sentimos porque nos pueden robar hasta el derecho a respirar, uno donde haya producción nacional porque se aprovechan óptimamente los recursos, uno donde no se tenga que hacer largas filas o colas para comprar alimentos, uno del que no me quiera ir, un país donde NO tengamos que decir “ay bueno, por lo menos gracias a DIOS no fue a mayores” y no porque DIOS no merezca gratitud, es que la merece tanto que debería ser sólo para Él, porque es a Él a quien debemos dar gracias por vivir, NO a un desgraciado malandro que “nos perdonó la vida” luego de despojarnos de aquello que nos costó años de esfuerzo, sacrificio, trabajo honesto y sudor de frente. A fin de cuentas el único que tiene el derecho de dar y quitar la vida es el mismo DIOS… Y antes que me salga un cristianoide (tal como los llama Dante Gebel) de esos que siempre salen bajo las piedras, si, es cierto, DIOS pone y quita reyes, tal como lo establece su palabra en Romanos 13, versículos 1 y 2:

Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos.

No obstante –y esta parte me termina de fascinar porque estos cristianoides a los que me refiero acá muchas veces como que se les olvida–, la palabra no termina allí… En los siguientes versículos, Romanos 13:3-5 establece algo MUY pero muy cierto, y es que no puede ser de otro modo porque viene de un DIOS cuya palabra es espada de doble filo:

Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia.

Pero y ¿qué pasa si el servidor es malo, si no sirve a Dios sino a su propia voluntad avariciosa? ¿Igual le debo obedecer a un abusivo violador de derechos?… Acá el tema es entonces de “la conciencia”… (¿cómo escribo y describo este suspiro que me brota al decir “la conciencia”?)… Porque ya esta es casi una extinta pieza de museo, un músculo atrofiado en el país rey de la viveza criolla pero estas dos palabritas tienen mucha tela que cortar para explayarme ahorita en ellas.

Si en algo estoy clara es que Venezuela necesita darle durísimo al botón de RESET y que el único que puede arreglar semejante desastre es el DIOS de los Ejércitos, el León de la Tribu de Judá… No es cosa fácil ajustarse a estos tiempos que atravesamos, pero debemos estar claros que andar declarando cual loros la teoría de la prosperidad y la ley de atracción proclamada por “El Secreto”, no es la solución. Necesitamos pedirle a DIOS discernimiento y sabiduría para entender los tiempos de tribulación que hoy vivimos y que, sin ser profeta del desastre, vienen mucho más duros (si no me creen, lean la Biblia…) Clama a DIOS por tu familia, por ti y por todos los que puedas, hazlo ahorita, aún hay tiempo (pero no mucho) de ir hacia donde DIOS nos quiere llevar…

Entonces, ¿sabiendo una verdad tan grande te quedarás de brazos cruzados? Creo que nada es mejor que conocer la verdad y saber cuándo te quieren coser a mentiras para alejarte o tomar las medidas que tengas que tomar.

SiLoConoces