Ver para creer

Esta historia pasó de verdad, de hecho, la escribí a pocos meses de haber sucedido, para cumplir un ejercicio de Producción Audiovisual, cátedra que cursé durante mis estudios de pregrado para obtener mi licenciatura en Diseño Gráfico en la Universidad del Zulia… Es una de esas historias que te hacen decir lo que reza el título de este post: ver para creer, que para ti mi estimado lector, en todo caso sería “leer y ver para creer”. Si eres de los que gusta leer, adelante, acá hay bastante material.

JUEVES 8 DE JULIO DE 2004. En medio de sus labores como estudiante universitaria, Elena Gutiérrez, habitante de un municipio foráneo a su casa de estudios, toma las llaves de su Corolla beige y se dirige como cualquier día corriente a sus actividades curriculares, con la plena, mas no trastornada consciencia de que su mente estaba bastante ocupada por todos los asuntos pendientes que tenía por hacer… sin embargo, Elena estaba habituada a su vida llena de tareas y ocupaciones; labores que disfrutaba, pues su motivación de vida tenía nombre y apellido: Alexander Martínez, su precioso hijo de 4 años, su fuente de inspiración, su catalizador de vida. Esa tarde soleada, Elena una vez más era partícipe de un ajetreado día en el que debía trasladarse a otra ciudad para asistir a sus clases, ultimar detalles de una presentación que ella y su banda musical llevarían a cabo al siguiente día en un reconocido club de la ciudad, donde desempeñaría otro de sus roles laborales: el de artista (cantante).

Al llegar a la universidad, Elena se encuentra con un nutrido grupo de compañeros que le notifican que no habría clases porque estaba llevándose a cabo el proceso de elecciones universitarias. Se detiene un momento a compartir con sus amigos y no se percata de un suceso extraño que le daba apertura a un evento inimaginable tanto para ella, como para todos: la llave para encender su carro, que tenía en su parte plástica una fisura que ella conocía muy bien, se le había caído; pero esta llave nunca caía sola, siempre se sostenía en la pretina de su pantalón, entre su cuerpo y su ropa, lo cual no sucedía con el llavero, que siempre estaba colgante, y por consiguiente, constantemente propenso a una caída. Es por esto que todo el tiempo, Elena debía estar pendiente de su llavero, cuyo sonido metálico era inconfundible si llegaba a caer al piso, pero esa tarde no sucedió lo de costumbre. Al percatarse de tal acontecimiento, extraño por demás, no podía entender cómo era posible que su llavero estuviese colgando de la “nada” y es entonces cuando, con ayuda de sus compañeros de clases, inició la búsqueda de la llave extraviada, viendo poco a poco que cada uno de ellos se fue resignando ante el hecho de no conseguirla. Sólo uno de sus compañeros, Carlos, –el más extrovertido y el de mejor humor negro–, se quedó con Elena en el minucioso e incesante rastreo, revisando primeramente en sus memorias recientes, y luego en cada uno de los sitios que ella recorrió, mas aún así no lograron conseguir la pesquisada llave. Es entonces cuando Carlos sugirió ir al estacionamiento para verificar la posibilidad de encontrarla en los alrededores del carro. Elena, buscando por el lado del copiloto, y convencida de que imposiblemente allí la encontraría, se encontraba ya casi resignada y un tanto preocupada ante la nueva y tediosa idea de tener que avisarle a sus padres que debían venir de otra ciudad para traerle la copia del tan buscado objeto. En ese momento escucha un grito de alegría de Carlos, quien finalmente había cesado la búsqueda: la llave estaba escondida entre las hojas caídas de los árboles, al lado de la puerta del conductor.

Elena agradece muchísimo el gesto de Carlos y decide continuar su camino. En la despedida, su compañero y amigo graciosamente le sugiere que maquille sus labios pues habían perdido su color dada la magnitud del susto propinado por la desaparición de la llave, y a que minutos antes de llegar a la universidad ella se había tomado un tiempo para almorzar. Enciende su auto e inicia el recorrido hacia un inesperado y casi fatídico accidente que le esperaba a tan solo tres cuadras de su universidad. Pendiente de su recorrido, Elena avanza normalmente hacia un aviso de “pare” en la Avenida 12. La transversal a esta avenida era la calle 69, una vía unidireccional. Reduciendo su velocidad ante el aviso del “pare”, esta chica notó que podía avanzar pues la vía estaba totalmente despejada. Continúa su recorrido y extrañamente escuchó una voz en el interior de su mente; una voz gruesa, apacible, convincente; una voz que le alertó mirar hacia la vía que a escasos segundos había visto totalmente despejada. Encontrándose en plena intersección del trayecto y avanzando a la velocidad leve luego de la desaceleración del alerta del pare, Elena hace caso a la exhortación de esa voz que le resultaba tremendamente familiar, pese a desconocer quién era o a indagar la razón de haberla escuchado. Entonces, obedeció el mandato de la voz y miró hacia su izquierda. Al echar el vistazo, notó que en dirección a ella venía cual bólido, con una velocidad altísima y un acercamiento inminente, otro vehículo, un Laser verde olivo… En ese momento lo único, lo penúltimo que escucharon sus oídos, fue un frenazo; no hubo tiempo de escuchar el crash… Le esperaba de ipso facto una experiencia inesperada.

Dos y cincuenta y ocho minutos de la tarde. El fuerte sonido emitido por los frenos de otro vehículo no impidió a Elena seguir su camino, por lo que continuó su recorrido pese a haber dejado atrás un accidente del cual, en ese momento no se percató. Avenida 11, ligeramente despejada; hay que esperar un poco para dar paso a esos carros y seguir. Avenida 10, un Maverick blanco, un Fiat 1 verde botella… Otro carro blanco, un Malibú… qué velocidad traía este último. Con sano humor salpimentado con algo de ironía Elena pensó que ese Malibú venía “casi buscando una dirección”. Avenida 9B, carros vienen y carros van, hay que aguardar todavía un poco más para llegar a la Avenida 4 y así buscar a Ángela, una amiga músico, a la cual Elena pediría un favor relacionado con su compromiso como artista para el día siguiente. Seguía el recorrido, sus ojos veían una película detallada cuyo escenario era una urbe ajetreada. En cada esquina la gente, algunos semáforos, los carros y las señales de tránsito eran obviamente lo que la panorámica de su entorno le podía ofrecer. Atravesó a la avenida 4, y a pocos metros de haberla pasado, frente al edificio de su amiga Ángela, Elena se detiene para observar si en el estacionamiento estaba el carro de su amiga. Se percata de que no está y mientras piensa dónde pudiera encontrarla, Elena observa su imagen en el espejo retrovisor de su carro para corroborar que Carlos tenía razón: necesitaba un retoque de labial para contrarrestar la blancura de su piel que hacía juego con la palidez de sus labios. Se los maquilla y decide continuar su recorrido. En la siguiente cuadra decide cruzar a la izquierda, pero cede el paso a dos mujeres que parecían familia… Quizá madre e hija, o tía y sobrina… Sigue su recorrido: más carros, más gente, más ajetreo citadino. Delibera entre cruzar nuevamente en la esquina siguiente o en la más próxima a esta para evitar un poco el tráfico vehicular. Finalmente cruza para pasar frente al gimnasio donde entrenaba un amigo común entre ella y Ángela. Quizá él podía saber su paradero. Se le ocurre detenerse frente al Action Gym para buscar el carro de Ernesto, el amigo común. Elena observa el reloj de su carro: tres y dieciocho minutos de la tarde, Ernesto tampoco estaba. Se decide retornar a su casa, debía regresar a su ciudad foránea para hacer unas llamadas y ultimar detalles de su presentación musical del siguiente día.

Curiosamente en su recorrido de regreso, la vista de Elena se llena de otro enfoque, nada relacionado con el tráfico de la ciudad. Era como estar suspendida en el aire, una atmósfera diferente, algo que Elena no entendía. No había ruido de cornetas ni de motores, nada de aquella urbe ajetreada, sólo percibía un espacio infinito, tranquilo. Sus ojos podían contemplar una nueva dimensión indefinible; una dimensión predominantemente blanca, llena de una luz casi incandescente, resplandecientemente clara. Elena buscaba una referencia visual para determinar en qué lugar se encontraba. Buscaba algún objeto, animal, cosa, o tal vez persona que le diera una idea –al menos bosquejada– del lugar donde ella estaba. Miraba a su alrededor, arriba, abajo, pero sólo había una gran nada y paradójicamente, un inmenso todo. Miró al frente, extendió sus brazos frente a sus ojos y notó que no los tenía; tampoco sus manos pese a sentir su cuerpo, razón por la cual su curiosidad se avivaba de modo más acelerado, por lo que inmediatamente buscó mirar sus pies, pero tampoco pudo verlos; ella era parte de aquella gigantesca masa de luz… ¡todo era inmaculadamente brillante! Era un ambiente indivisible que le invitaba a reflexionar lo extraño que le resultaba sentir su cuerpo, mas no verlo. En la mente de Elena sólo había una consciencia que le permitía saber quién era ella, pero sólo sabía su nombre (ni siquiera su apellido lo recordaba, al parecer no era relevante para el lugar donde ella estaba); no recordaba que tenía una familia, ni un precioso hijo de 4 añitos, ni una carrera universitaria, ni una banda musical con un contrato que cumplir al día siguiente; en fin, no podía recordar sus ocupaciones; nada le preocupaba.

En medio de su indagación, Elena fue tomando otra consciencia: ya no sólo sabía su nombre; ahora estaba al tanto de esa masa de luz blanca que se le asemejaba a una nube, una impresionante nube que la cobijaba en su núcleo, que le impedía observar contornos, figuras o formas, pues al parecer ella formaba parte de esa inmensidad que era lo único que sus ojos podían observar. Transcurría el tiempo, pero para Elena eso tampoco era significativo pues se adentraba en la idea de seguir conociendo otros terrenos de la consciencia: el clima era perfecto en ese lugar apaciblemente desconocido, y la última pero no menos importante, Elena sabía que no estaba sola pese a no ver gente, objetos, animales o cosas a su alrededor.

¿Dónde estaba Elena? ¿Tal vez era una primera puerta del cielo? ¿De dónde provenía tanta perfección de paz? Entregada a esta nueva experiencia, ya Elena no cavilaba en la curiosidad que al inicio tenía por saber dónde estaba, su nueva consciencia se enfocaba en la idea de poder quedarse allí para siempre, pues en ese momento perfecto no le hacía falta más nada. La gente con mucha espiritualidad (de la auténtica) afirma que Elena estuvo en lo que llaman el Tercer Cielo…

Entre tanto, el accidente había dejado su catástrofe en la vía de la avenida 12 con calle 69. Un Corolla beige y un Laser verde olivo eran los protagonistas del acontecimiento. El Corolla recibió doble impacto siendo golpeado por un objeto en movimiento y uno inmóvil. El Laser, que venía a alta velocidad, arrastró unos metros al Corolla tras el impacto; trasladándolo directo a uno de los postes retenedores que flanqueaban la pared de una casa. Entre los estragos del aparatoso suceso se podía observar que todos los vidrios del Corolla estaban hecho añicos, salvo curiosamente, el de la ventana del conductor, por donde había sido impactado. La chica conductora del Corolla estaba adentro, inconsciente, sin saber que necesitaba ser sacada del reducido y contusionado habitáculo.

Ella, casi instalada en su nueva y colmada dimensión de paz, a lo lejos escucha voces alarmadas que describían cual serie de emergencia televisiva que una paciente estaba ingresando al hospital y que requería ser atendida de emergencia. Desconocía de quién se trataba, sobretodo porque las voces eran percibidas por sus oídos a gran distancia; sin embargo pidió a Dios por la salud y el bienestar de una desconocida, de alguien que sencillamente parecía correr peligro de vida.

Dos y cincuenta y ocho minutos de la tarde. Llegaba gente al lugar, curiosos que nunca faltan ante un aparatoso suceso como el que recién había acontecido. El Laser apenas tenía una abolladura en la carrocería que rodeaba al faro izquierdo, observándose desde afuera del vehículo. La gente seguía aglomerándose, hasta que alguien pidió espacio para sacar a la chica que estaba inconsciente en el otro carro. Una mujer llamada Raquel llegó al lugar y tomó el teléfono móvil de la accidentada más afectada para revisar la agenda telefónica y avisar del accidente a familiares y conocidos. Los amigos notificados: Ángela, Agustín, Jasmiry, entre otros. Ángela, acompañada por Maoly, y por otro lado Agustín, tras la llamada de Raquel, llegaron de inmediato, pues curiosamente todos estaban cerca del siniestro. De seguido llegó la ambulancia, en la que se fueron Ángela y Agustín para acompañar a Elena… Maoly se quedó cuidando el Corolla para impedir acciones que los amigos de lo ajeno siempre están dispuestos a llevar a cabo en acontecimientos como este. Entre los familiares, su hermana mayor Elaine, quien se apersonó de inmediato en el lugar acompañada de su esposo ya que esa tarde de principios de julio llegaron a la ciudad capital del estado para hacer diligencias, no pudo ver a su hermana, y pensó que, a juzgar por la apariencia del carro, había sucedido lo peor. Entre tanto, en la ambulancia Elena recobra el conocimiento y absorta nota que algo grave está pasando, sin embargo no tenía miedo… sabía muy bien que no estaba sola; además sus amigos le confirmaron estar con ella en la ambulancia para que no se preocupara y se sintiera acompañada. Elena recobra la consciencia terrenal, y con ella, los dolores propios de las múltiples contusiones recibidas tras el accidente.

Todos los familiares y amigos acudieron al Hospital donde era ingresada. Llegaban de a poco, y aglomerados en la sala de espera, pedían por su pronta recuperación. Mientras tanto Elena era examinada minuciosamente: los médicos necesitaban descartar sangramientos internos, daños óseos en la columna o cualquier otra afección que no se detectara en ese momento. Entre exámenes seriados, radiografías, camillas, enfermeras y doctores se encontraba Elena. En medio de todo, un colaborador de la familia que facilitaba a los médicos los traslados de la chica dentro del hospital y los cambios de ella en las camillas para llevar a cabo las radiografías: era Pablo, su cuñado, quien estaba muy preocupado por varios aspectos: se temía que Elena perdiera la movilidad de sus piernas –no controló esfínter urinario– y/o tuviera severos daños cervicales –el efecto latigazo fue demasiado fuerte, y lo pudieron determinar porque la blusa de Elena tenía marcado su lápiz labial a nivel del pecho– (sí, el laápiz labial, ese que no se puso al momento de salir de la universidad cuando su amigo Carlos bromeaba sobre su palidez por el susto de la llave). Pablo no podía creer que la espalda de Elena tuviera un color similar a una berenjena. Golpes en la cadera; en la espalda, a nivel del omóplato derecho tenía unas cortaduras mínimas en forma de triángulo. Sin embargo eran los daños más notables. Llegaron al hospital los padres de Elena. Anochecía, y seguían la espera y los exámenes. 

Once y cincuenta y cinco minutos de la noche. Luego de estar convencidos, los doctores la dieron de alta. En silla de ruedas es llevada al Taurus blanco de su padre, no podía caminar. Llegaron a su casa como a la una de la madrugada y Elena pidió ser bañada pues sentía arena hasta debajo de su documento de identidad. Nunca perdió el sentido del humor. Su mamá decide bañarla y ocurre otra rareza: con sumo cuidado debido a la advertencia que le hiciera Pablo sobre el estado de su espalda, la señora Silvia se quedó como congelada ante lo que sus ojos contemplaban. Diez horas después del accidente que había dejado su espalda morada como una berenjena, una franela cuyo reverso a nivel del omóplato derecho tenía tres agujeros, cada uno con vestigios de sangre; no podía creer que la espalda de su hija no sólo carecía de las marcas en el omóplato, sino que estaba blanca, tal como el color de su piel, como si el accidente nunca hubiese pasado.

Elena sólo podía dar gracias a Dios por estar viva, pese a haberse quedado sin carro, pese a no poder valerse por si misma ni siquiera para levantarse e ir al baño, o simplemente para encender la luz de su habitación. Las cosas más simples de la vida se empiezan a valorar cuando tienes una experiencia que te lleva al borde de la muerte. Visitas y llamadas de alegría recibió Elena en los siguientes veinte días en los que ni siquiera podía comer sola… una de las llamadas era Maoly, quien se quedó cuidando de los restos del carro de Elena tras el accidente. Maoly comentó a Elena un hecho curioso del día del suceso: cuando la subían a la ambulancia, Elena sonreía tranquila. Maoly preguntó la razón de esa sonrisa y Elena tuvo otra inexplicable sensación pues las palabras de respuesta que dio a Maoly, salieron de su boca, pero no fueron procesadas por su mente… era como si en ese momento se convirtiera en una especie de piloto automático parlante y alguien hubiese puesto la respuesta en su boca…

“cómo no me iba a sonreír si Dios me dijo que no me preocupara porque todo iba a salir bien…”

Elena jamás olvidó ese mensaje… Jamás olvidó que fue una especie de canal que emitió unas palabras en absoluto procesadas por su mente.

Demasiadas señales apuntaban a este hecho como algo sobrenatural. Elena no llevaba el cinturón de seguridad, los peritos en el levantamiento del accidente de tránsito afirmaron que en este raro caso, de haberlo llevado, el cinturón habría sido el que acabara con su vida por cómo quedaron los asientos tras el impacto; al salir de la universidad ella llevaba los labios pálidos y tres cuadras después sucedió el impacto, ¿cómo se explica que la encontraran con una blusa marcada con una huella de labial tal como si se quitara el exceso luego de ser pintados los labios? Los vidrios del carro estallaron todos, menos el de su ventana; múltiples contusiones sin cortaduras en su cuerpo; los grandes hematomas en su cadera izquierda se le desaparecieron en muy corto tiempo; su estado de inconsciencia fue de cuarenta y cinco minutos aproximadamente, ¿sería este el tiempo en el que estuvo sonriendo ante una paz inexplicablemente inminente? ¿Fue este lapso en el que tal vez experimentó una breve estadía en la antesala ante una primera puerta del cielo? El médico que le hizo el chequeo de rigor luego de haber recuperado su movilidad, al evaluar las condiciones del efecto latigazo, explicó al padre de Elena que los resultados ante una eventualidad como la que ella vivió sólo arrojaban dos opciones: la mejor que podía pasarle era quedar en silla de ruedas por el resto de sus días; la otra, era indudablemente la muerte. El mismo médico señaló que la vida de esta chica después del accidente era simplemente un milagro.

¿Vida después de la muerte? Sólo una respuesta obtuvo Elena, una convincente respuesta expresada a su madre pocos días después del accidente…

“mamá, algo nos espera después de esta vida temporal y terrenal, una vida en la que nada faltará… si lo que nos espera después de la muerte es la vida eterna y si ésta, es parecida a lo que vieron mis ojos, entonces lo que nos aguarda es demasiado hermoso”…

Si de causalidad te preguntas quién es Elena, pues ese nombre fue el primero que se me ocurrió darle a la protagonista de esta historia, como parte de la asignación donde yo debía redactar en tercera persona alguna experiencia que en lo personal me haya marcado o haya sido muy significativa para mí; gracias a DIOS la escribí cuando los recuerdos estaban muy frescos, porque para certificarte que esta increíble historia es parte de la vida real debo decirte que Elena, soy yo

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2 comentarios en “Ver para creer

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